Una casa entera, sin voces.
Desde antes has esperado en silencio;
cerca de la puerta
te observo, recuerdo
con la mirada que otros
dicen que es tuya, nuestra.
Aquí huele a maíz,
huelo el aire y escucho pájaros mañaneros,
también sonrío como me pedías que sonriera
para calmar un último calor del sueño,
como solías hacer por las mañanas
respirar hondo, volar los pensamientos,
para tomar tu café oloroso antes de partir.
Me doy cuenta de que estas aquí,
me doy cuenta por la voz
que aún sale de mí cuando
invento palabras y gestos
que tal vez hubieras dicho, hecho.
Aquellos senderos que imagino
son el padre que elijo,
mis recuerdos que permito.
Pero no puedo saber a ciencia cierta lo que tú viste,
lo que nosotros no sentimos,
o no vemos. No vimos.
Te recuerdo, padre
e imagino todo
como gota de agua reventando,
sé que fue, pero no sé exactamente cómo.
El fuego cruje:
detrás las sombras,
yo floto en llamas
mientras recuerdo.
El aire me abraza,
respiro.
Te imagino,
padre.
Estás conmigo.
Enrique Soberanes
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