La piedra que nunca muere,
su polvo fino, a trasluz,
la sombra cae desde el árbol de mandarinas,
y se clava en la nostalgia,
horizonte de ocaso cítrico,
ácidos recuerdos de viejas vidas nocturnas,
aroma a mandarina reventando en el suelo,
hojas de árbol que no se mueve pero fluye
en el río de aire que le envuelve,
como el río a la piedra que nunca muere,
fluye en polvo o diluido al tiempo,
siempre al tiempo.
Repetidamente el cuerpo dice noche y sonríe
astillando la oscuridad en mil pedazos.
La piedra al cuerpo, huesos ambos polvos,
suenan los cascabeles su canto de aflicción,
bailando a la orilla del desierto sembrando flores de agua.
El barro que calienta, como entraña y sus ecos arrullos, arroyos.
Viaje, hierba y polvo de camino necio,
la bruma seca,
afuera del cuerpo la noche flota rasgada de luz,
titilan las sombras como estrellas bailando,
¿es acaso el silencio el idioma de la muerte?
la luz suena,
bailan la piedra y sus arrugas,
Dios apila las piedras de su tumba alegremente,
descansa en las reventadas tardes de risas mandarinas.
E.S.
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